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Un bolso de cuero negro algo raído y cargado con un tensiómetro, guantes, un saturómetro y algunas jeringas; es su arma. Decidida, se lo cuelga al hombro y acude a cada llamado de sus vecinos. Aunque se jubiló como enfermera hace más de una década, no duda en acercarse a donde la necesitan y trabajar “gratis”, asegura. Sin embargo, el domingo pasado, la casualidad puso a Sara Furlani, de 72 años, frente a un desafío mayor: salvó de un hombre que sufrió dos infartos y una convulsión, en medio del hall de la Terminal de Caucete. De ese modo, la mujer que ha recorrido todo el departamento atendiendo a personas de zonas alejadas cuando ejercía su profesión oficialmente, tuvo revancha. Es que, durante su juventud vivió una situación similar, pero con un resultado que todavía lamenta. Luego de volver a la vida a aquel hombre, Sarita, como la conocen todos, contó su historia Tiempo de San Juan.

“Era domingo a la tarde y yo decidí ir a la Ciudad a ver a mi hermana. Entonces, estaba esperando el colectivo en la terminal. En un momento, veo que un señor se estaba encogiendo y un joven que trataba de ayudarlo. Le dije a mi nieta, ‘acompañame, a ese hombre le está dando un infarto’”, comienza relatando la mujer al recordar aquel momento.

Y agrega, “se acercaron también dos choferes de la RedTulum y les pedí que me ayudaran a acostarlo en el suelo. Le hice RCP y respiración boca a boca, pero el infarto seguía. Yo soy una mujer de mucha fe y en ese momento le pedí a Dios que me ayudara. Yo tengo experiencia, porque fui enfermera 40 años, pero fue un momento difícil y sé que tuve la ayuda de Dios. El hombre salió del paro, pero me di cuenta de que le estaba dando otro y le volví a pedir a Dios, ‘ayúdame, porque de este no lo saco’. Por suerte, una chica que estaba ahí había llamado a su hermano, que es médico en La Rioja, y le relataba lo que pasaba; él le pedía que me dijera que siguiera, que no parara. Así salió del segundo paro. Después, increíblemente, llegó la convulsión, entonces les pedí a todos que no lo tocaran y, de golpe, se quedó quieto”.

Cuando la ambulancia llegó al lugar, una enfermera se acercó a Sara y le pidió espacio. “Yo estaba arrodillada en el suelo y me dolían mucho las rodillas, pero pude correrme y dejar espacio”, cuenta la mujer. Entonces, el hombre fue trasladado al Hospital César Aguilar, donde continuó recibiendo asistencia.

Horas después, Sarita supo que aquella persona es de San Luis. “Él pudo volver a su provincia ayer, no pude verlo. Pero le dijo al chofer del colectivo que me dijera que va a volver cuando esté mejor para reconocerme”, revela Sara sin poder contener las lágrimas, mientras se disculpa por su emoción.

Recién después confía que, ese sentimiento no tiene que ver sólo con lo que vivió en ese momento, sino con una vivencia que tiene como tatuada en la piel. “Cuando era joven, además de mi trabajo como enfermera, yo tenía una florería. Un día, escuché un grito desde la vereda que decía ‘Sarita, vení, este hombre se está infartando’. Estaba en la calle y yo me acerqué. Hice lo que pude, pero ese señor llevaba bastante tiempo así, no pude salvarlo y falleció”, confía con la voz entrecortada y luego, guarda silencio.

Una vida ayudando

Madre de 6 hijos, Sarita decidió ser enfermera cuando ya tenía a los primeros 5. “Yo tenía 23 años y justo ofrecían el curso de Auxiliar de Enfermería. Me anoté, lo hice y empecé a trabajar. Estuve 8 años en el Hospital César Aguilar, 20 años en el puesto de salud de Pie de Palo y también cubrí el puesto de Vallecito. Pero además, era del grupo que recorría otras zonas alejadas. Íbamos a Vallecito, Bermejo, Marayes, La Planta, Las Chacras, Baldes de Leyes, Casas Viejas, todo eso. Nos íbamos a las 5:30 y volvíamos a las 19. Era difícil, porque tenía que dejar mucho tiempo a mis hijos”, revela.

Sin embargo, Sara asegura que lo que siempre la impulsó fue su vocación. Por eso, no logró colgar el delantal después de jubilarse y decidió empezar a hacer misiones de ayuda. Controla y coloca inyecciones a personas que sufren cáncer y a cualquier vecino que se lo pida.

Desde esa función, su tarea fue fundamental también durante la pandemia. Ella es vecina del barrio Justo P. Castro 1, el primero en ser cerrado por un brote de covid en la provincia. Como el resto de quienes viven en el lugar, Sara quedó tras las vallas. Aun cuando el temor la invadía, decidió ser quien controlara la salud de sus vecinos. “Me ponía guantes, barbijo y recibía a la gente a mi casa. Incluso le di asistencia a una persona que tiene sífilis y, por su enfermedad, tiene que ponerse una inyección cada 7 días. Yo tenía mucho miedo, pero no podía dar la espalda a quienes me necesitaban”.

Así, acompañada por su hijos y recordando a su esposo, que falleció hace cuatro año, Sarita mantiene intacta su profesión y asegura que seguirá ejerciendo siempre que le sea posible.

 

fuente: tiempo san juan

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