El reclamo riojano por los límites venía a debilitar a San Juan. Le salió tan mal que terminó ordenando a toda la política sanjuanina detrás del gobernador.
Quintela perdió. Lo que todavía no sabe, o no quiere ver, es cuánto le hizo ganar al de enfrente.
Vino a discutirle a San Juan una línea trazada en 1968 y a frenarle, con una cautelar, el yacimiento de cobre más grande que tuvo este país. Calculó que apretaba. En los hechos le entregó a Marcelo Orrego, envuelta para regalo, la única cosa que un gobernador no puede comprar ni fabricar: una causa que junta a todos. En la política de provincia no hay mejor armador que un enemigo de afuera, y este se ofreció solo.
Vamos a los datos, que en estas discusiones son lo único que no opina.El proyecto se llama Vicuña: Josemaría y Filo del Sol, cobre, oro y algo de plata, a cuatro mil doscientos metros y a poco más de un kilómetro del límite. Dieciocho mil millones de dólares. Está en subsuelo sanjuanino, y eso no lo discute nadie que sepa leer un mapa. Lo único riojano es el camino para llegar: el corredor de Guandacol. Sobre ese camino, y nada más que sobre ese camino, Quintela montó toda la opereta. Porque el subsuelo no le da para reclamar y el camino, por ahora, sí.
El reclamo, además, no es nuevo: es una manía. Lo intentó Menem en 2010 contra la Ley 18.004. Quintela lo reflotó en 2021, volvió en 2025, abrió un frente judicial en octubre y esta semana mandó una ley a su Legislatura para desconocer los límites del 68. Cuatro intentos en quince años. Eso ya no es un reclamo federal: es una obsesión que cada tanto se maquilla de causa.
Acá está el nudo, el que define la pelea de verdad. Mover el límite de una provincia no lo puede hacer un gobernador, ni una legislatura votándose una ley a medida, ni mucho menos una jueza de cámara en Chilecito. Lo fija el Congreso. Y cuando dos provincias se trenzan, la Constitución pone un solo árbitro: la Corte. Que el fiscal riojano consiga que una jueza riojana, en Chilecito, le frene un proyecto sanjuanino, es jugar de local con árbitro propio, y en tribunales eso lo sabe todo el mundo. El reclamo ambiental tiene su grano de razón. Usarlo de palanca para quedarse con territorio ajeno, no. Un impacto que cruza la frontera se evalúa y se compensa. No se cobra con la soberanía del vecino.
¿Cómo termina esto? Si Quintela insiste y escala, termina en la Corte. Y en la Corte gana San Juan. Él lo sabe mejor que nadie: por eso patalea ahora, fuerte y rápido, antes de que el camino alternativo —el que se construye entero por suelo sanjuanino y estará habilitado a fin de año— le saque de la mano la última ficha. El día que ese camino se abra, Guandacol deja de ser la llave de nadie. Por eso era «por ahora».
Ahora la otra cara, que es donde se juega el futuro. Este conflicto dejó a Orrego en condiciones de capitalizar todo, y no por suerte. Se paró donde había que pararse: en la defensa del suelo y de lo que es de los sanjuaninos, con la ley de su lado y sin pegar un grito. Esa figura, la del que defiende lo propio sin pelearse con nadie de adentro, un gobernador tarda años en construirla. A este se la regaló el vecino. Y de cara a la provincia lo habilita a hablarles a todos, no solo a los suyos.
Al lado tiene a Fabián Martín, que no es decoración. Es el acompañamiento estratégico que le permite estar en dos lugares al mismo tiempo. Orrego conduce desde arriba; Martín, que además preside la Cámara, pone el cuerpo en la trinchera todos los días: dice que el reclamo es «inexistente», que La Rioja está «alejada de la realidad», que el título del 68 está ratificado. Viene de Rivadavia, conoce el territorio de haberlo gestionado, y armó la respuesta institucional sin pisarle nunca la sombra al jefe. Esa división de tareas, que en la provincia casi no se ve, es lo que convierte a dos dirigentes en una fórmula. Uno proyecta, el otro ejecuta, y la defensa de San Juan queda cubierta en los dos frentes.
¿Y el resto del arco? Acá viene lo más filoso. Cuando la causa es defender lo que es de la provincia, alinearse deja de ser una opción. El que se sube, suma. El que se baja queda del lado del que le reclama el cobre a su propia provincia, y eso, en campaña, no se lava con nada. Romper el frente común es proponerle a San Juan que resigne la mina y el laburo que viene con ella, y nadie con futuro firma esa boleta.
Miren al peronismo sanjuanino, que es el que más incómodo quedó. Tiene que defender, palabra por palabra, a un gobierno que no es el suyo, porque el que dude queda pegado al riojano. Quintela, sin proponérselo, les ordenó la interna a los de enfrente: o están con San Juan o están con él, y en San Juan esa elección no se duda.
Que no los confunda el ruido ideológico, eso de leerlo como el peronismo contra el bloque Orrego–Milei que festejó el RIGI. Es la lectura cómoda y casi siempre es la equivocada. Acá no se pelea una idea de país. Se pelea una renta: hay un solo cobre, está de un lado de la raya, y los dos gobernadores responden al mismo reflejo, que es material. Cuando Quintela ofreció quedarse con el 20% del empleo y pidió «un gesto de generosidad», no enunció una doctrina federal. Pasó la gorra. Cambiales el color político a los dos y la pelea es idéntica, porque abajo de todo lo que se discute es la caja.
Mientras tanto, los que pagan son cuatrocientos trabajadores riojanos, rehenes de una pulseada que su propio gobernador no puede ganar. De eso, en La Rioja, se habla poco.
Quintela quería romperle algo a San Juan. Terminó soldándole la sociedad política a Orrego, ordenándole la interna al peronismo y entregándole una bandera que no se compra con obra ni con pauta. Es, capaz, el peor negocio que hizo un gobernador con su vecino en mucho tiempo.
Orrego, del otro lado, no necesita ganar nada. Le alcanza con quedarse quieto, con la ley en la mano y el reloj a favor, y dejar que el camino nuevo haga el trabajo. El cobre es sanjuanino. La causa también. Y la conducción, después de este papelón ajeno, quedó con un solo dueño.
Fuente: Agencia Lesca