Lun. May 17th, 2021

El 3 de marzo de 2020, dos días después de llegar al país desde Barcelona, Claudio Ariel Pazzi, soltero, de 44 años, se convirtió en el primer paciente diagnosticado en la Argentina con Covid-19. Ya durante su viaje de retorno desde Milán, donde estuvo en ferias internacionales de cueros sintéticos que comercializa en sus locales de Boedo, se había sentido afiebrado y con algo de tos.

La alarma por el nuevo virus había sonado el 31 de diciembre de 2019, el microorganismo se secuenció once días más tarde, pero en ese momento todavía Europa no contaba con protocolos que ordenaran el uso de barbijos o alcohol en gel, contó a los medios de comunicación. Cuando Pazzi terminó su cuarentena, ya todo el país estaba en confinamiento preventivo y obligatorio.

Lo que siguió fue en un año sin igual y que hubiera sido difícil de anticipar: fronteras cerradas y aviones en tierra, pasajeros varados lejos de sus casas, actividad económica paralizada, distanciamiento físico y social, familias que no pudieron reunirse durante meses…

Y, esencialmente, toma de decisiones en medio de una enorme incertidumbre, mientras científicos de todo el mundo se embarcaban en una carrera contra reloj para dilucidar la biología del microorganismo en un intento por diseñar las mejores estrategias para evitar su propagación y su impacto en la salud física y mental de la mayoría de la humanidad. Hoy, con casi 115 millones de casos reportados (los reales son muchos más), y dos millones y medio de fallecidos en el mundo, y con 2.118.676 casos registrados y 52.192 fallecidos en la Argentina, no hay dudas de que hubo algunos aciertos y muchos errores.

Vistas a la distancia, algunas equivocaciones resultan difíciles de creer. El 2 de marzo del año pasado, el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, les aconsejaba a los habitantes de la ciudad que “siguieran con sus vidas” y el comisionado de salud les recomendaba que continuaran usando el subterráneo, el ómnibus… “Covid-19 no es una enfermedad que pueda ser fácilmente propagada por el contacto casual”, señalaba el funcionario. En tanto, el ministro de Salud de los Estados Unidos tuiteaba: “¡Dejen de comprar máscaras (sic). No son efectivas para prevenir el contagio del #coronavirus”. Hoy sabemos que lo cierto es exactamente lo opuesto.

Con el inicio de la vacunación y sus promesas en marcha, pero con las amenazas de la pandemia todavía presentes, ¿qué lecciones quedan para el futuro?

Covid cero

Desde Boston, Yaneer Bar-Yam, el físico del MIT especializado en sistemas complejos, y dedicado al estudio del origen y la propagación de las epidemias, que a comienzos de 2020 creó la ONG EndCoronavirus para asesorar a personas y gobiernos, responde con una línea: “Los cierres ‘yo-yo’ son un fracaso; la única respuesta adecuada es lograr la eliminación de los casos (Covid cero)”.

Alude a que, si se analiza cuáles fueron las estrategias ganadoras a lo largo y ancho del planeta, los mejores resultados los obtuvieron aquellos países que iniciaron acciones rápidas y decididas: no tan solo “aplanar” la curva para que los casos vayan apareciendo en forma más espaciada y no se saturen los sistemas de salud, sino “aplastarla”. Claro que, sin más herramientas que distanciamiento y aislamiento, eso requiere políticas draconianas de control, restricciones a la movilidad, testeo y rastreo de contactos, además de apoyo económico por parte del Estado mientras se interrumpen las actividades, que no todas las sociedades están preparadas o dispuestas a aceptar.

Esto lleva a una enseñanza crucial de este año devastador: la pandemia no es un hecho meramente biológico, sino social, económico, cultural. Y una mirada que no integre todas esas dimensiones está condenada al fracaso.

”Los fenómenos complejos no pueden resolverse sin un abordaje transdisciplinario”, afirma Daniel Feierstein, investigador del Conicet con décadas de trabajo en la representación y elaboración de catástrofes, que acaba de ponerle punto final a su libro Pandemia. Un balance social y político de la crisis del Covid-19 (que publicará en abril la editorial Fondo de Cultura Económica). Entre otras lecciones aprendidas, el especialista menciona que “ante una situación nueva se requiere siempre aplicar el principio precautorio. Los países que lo hicieron tuvieron menos muertos y mejor desempeño económico, tal como había ocurrido ante la gripe española”.

Sin terapias efectivas, hoy se sabe también que tan importantes como (o más que) los fármacos fueron las conductas sociales. “Las estrategias centradas en la respuesta sanitaria (frente a las infecciones consumadas) no son, pero tampoco podrían ser, suficientes –consigna la socióloga del Conicet Sol Minoldo, asesora del Centro de Operaciones de Emergencia (COE) de Córdoba–: aún no logramos reducir la letalidad del virus, y si tuviéramos tratamientos eficaces no dejaría de ser importante la prevención: la velocidad de propagación, si circula a su ritmo natural, provoca el colapso en poco tiempo. También está claro que en un mundo globalizado nadie podrá librarse de la pandemia y seguir con las fronteras abiertas hasta que se haya conseguido suprimir la circulación. Es un problema colectivo, en escala global, que al menos de forma transitoria pone en tensión el sistema económico y de circulación de personas”.

El balance de los meses que pasaron también deja en claro la importancia del rol del Estado y las normas de cooperación entre subsectores. “Fue fundamental la priorización de la salud comunitaria global por sobre los intereses de grupos, básicamente económicos –opina Tomás Orduna, especialista en medicina del viajero del Hospital Muñiz y asesor presidencial–. [Esta pandemia reveló la importancia de] contar con una estructura de salud pública robusta, con fuerte componente estatal, inversión adecuada, buen mantenimiento, con suficientes recursos humanos, bien remunerados y capacitados con educación médica continua. [También mostró que] es necesario contar con equipos de vigilancia epidemiológica para anticipar brotes, y trazar programas de contención y mitigación”.

La producción de inmunizaciones en tiempo récord y con una eficacia que desafía los pronósticos más optimistas es uno de los mayores triunfos de la pandemia. “Se trata de algo extraordinario –exclama Pablo Bonvehí, jefe de Infectología de Cemic y también integrante del comité asesor del presidente–. Como secuela, se valorizó la vacunación, sobre todo en adultos. Ojalá eso se haga extensivo a todas las demás vacunas”.

Pero este logro deja en evidencia otras carencias, como destaca Jorge Geffner, director del Instituto de Investigaciones Biomédicas en Retrovirus y Sida (Inbirs, de la UBA y el Conicet). “En todo el mundo llegamos mal preparados –afirma–. Aun sabiendo que la aparición de virus emergentes era una amenaza real para la humanidad y era cuestión de tiempo que se presentara alguno, no se tomaron los recaudos suficientes. Por ejemplo: hubiese sido necesario una mayor inversión en el desarrollo de grandes centros de producción de vacunas y la articulación de una estrategia consensuada para enfrentar del mejor modo este desafío. No se hizo ni una cosa ni la otra. La inequidad en el acceso a las vacunas es no solo una manifestación de egoísmo, sino una ‘estrategia’ estúpida. Se les volverá en contra a los propios países centrales. En el escenario nacional, la ciencia local hizo muchísimo; sin embargo, tenemos una formidable asignatura pendiente: ser un país productor de vacunas. Es necesario y urgente”.

El caos de la comunicación

Un capítulo esencial fue el de la comunicación. Circularon todo tipo de mensajes, algunos con consecuencias lamentables, como las recomendaciones de automedicarse con tratamientos no probados y sustancias que hoy están contraindicadas o directamente prohibidas. “Lamentablemente, fue una situación muy caótica, que nos cambió la vida a todos. Hubo marchas y contramarchas. Tenemos que ser siempre muy claros y honestos”, subraya Rosa Reina, presidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva.

”Es fundamental que se invierta públicamente en informar de forma asertiva, clara, accesible, centrándose en la reducción de riesgos antes que en recomendaciones absolutas, informando sobre cuestiones claves –dice Minoldo–: que los individuos sin síntomas contagian, que el principal riesgo es respirar el aire (no filtrado) que exhalan las personas infectadas, que estar vacunados no garantiza que no podamos contraer el virus y, aunque con menos o nulos síntomas y por menos tiempo, contagiar a otros”.

La desesperación por ofrecer avances esperanzadores también llevó a dar a conocer resultados preliminares a través de gacetillas de prensa. En ese sentido, para el infectólogo José Barletta, una lección muy interesante fue que, “incluso en situaciones de emergencia, se puede hacer investigación clínica de calidad, en lugar de difundir cosas delirantes. En contexto de incertidumbre, hay que ejercer el escepticismo. Todos nos ponemos nerviosos cuando estamos frente a un paciente con el que no sabemos qué hacer, pero la emergencia no debería ser una excusa para cualquier cosa”.

Y aunque todo lo anterior es importante, tal vez la mayor enseñanza que deja este año que nos puso a prueba es la necesidad de un diálogo fluido entre los encargados de tomar decisiones y equipos de investigadores que puedan aportar su know how y su entrenamiento a la solución de problemas. En esta pandemia, físicos, matemáticos, químicos y doctores en ciencias de la atmósfera hicieron aportes cruciales; como el descubrimiento de que el virus se mantiene durante horas flotando en aerosoles que exhalamos al respirar, algo que los expertos de la OMS se resistieron a aceptar hasta no hace mucho.

”Como científico, la lección más importante que me dejó la pandemia fue la de comprender la importancia del trabajo conjunto con colegas de otras disciplinas –coincide Ernesto Kofman, docente de la Universidad Nacional de Rosario–. Los investigadores tenemos muchas veces la tendencia a hiperespecializarnos y encerrarnos en nuestros temas de trabajo. Sin embargo, para abordar problemas reales, urgentes y complejos, hace falta un enfoque integral que no puede brindar ninguna disciplina por sí sola. En mi caso, que trabajo en el desarrollo de modelos matemáticos, el aporte de colegas de las ciencias biológicas, médicas y principalmente de las ciencias sociales fue fundamental”.

”Fue la ciencia la que venía advirtiendo que estábamos alterando el equilibrio entre la naturaleza y las actividades humanas, y que podía haber transmisión de microorganismos patógenos de animales a humanos –explica Carolina Vera, viceministra nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación–. Y también fue la ciencia la que aportó soluciones”. Vera destaca la importancia de la política “de datos abiertos”, que fue fundamental a la hora de compartir rápidamente el conocimiento y poder llevarlo a la acción, “una conducta que debería reproducirse –subraya– en el ámbito de la producción privada, como se está pidiendo con respecto a las patentes”.

Pero para quienes o vivieron en la primera línea, la enseñanza que deja el año de pandemia es positiva: rescatan un renovado sentido de amor por la profesión médica y la admiración por tantos actos de desinteresado altruísmo.”Como nunca antes, vi la medicina y su arte en su mejor expresión –dice Constanza Arias, jefa de Terapia Intensiva del Hospital Posadas–. El estupor de presenciar tanto dolor, las personas y su tremendo esfuerzo por respirar… la destrucción de las familias… Observé a mis compañeros cambiarse para ‘pronar’ [colocar boca abajo] a pacientes a la madrugada, sin dormir, sin comer, programando los respiradores una y otra vez para mejorar un punto en la oxigenación… Nunca como este año, arriesgamos la vida por el otro. Sin retribución alguna, solo por la alegría de sobrevivir y ayudar a sobrevivir”.