En el corazón del desierto sanjuanino, donde la Ruta Nacional 141 traza una línea entre la aridez y la esperanza, se alza la localidad de Bermejo, en el departamento Caucete. Este pequeño enclave, situado a unos 100 kilómetros de la capital provincial, se ha convertido en un epicentro de fe que trasciende fronteras, gracias a la devoción por San Expedito. Al frente de este fenómeno espiritual y de la ambiciosa obra de su santuario se encuentra el Padre Germán Pickelny, párroco y administrador del lugar, quien lidera una gesta que combina la arquitectura de ladrillos con la construcción de una comunidad sólida. El padre Germán es el heredero de un legado que vienen dejando los fieles y algunos religiosos por el lugar.
La historia de Bermejo es la de un pueblo que se niega a desaparecer. Antiguamente conocido por su explotación de algarrobos y su estratégica estación de tren, llegó a albergar a más de 5.000 trabajadores antes de caer en un declive que redujo su población a apenas 300 habitantes. Sin embargo, el fenómeno religioso impulsado por el «santo de las causas urgentes» ha revitalizado el lugar, llevando la población actual a casi 1.000 personas. Este crecimiento ocurre en un contexto de extrema dureza climática, donde la vertiente Nikizanga sufre su peor sequía histórica con una reducción de caudal del 80%, obligando a los vecinos a depender de camiones y de una red de agua que solo funciona un par de horas al día.
En este escenario de desafíos constantes, la edificación del nuevo Templo de San Expedito se presenta como un faro de identidad. Para financiar esta obra monumental, la administración del santuario recurre al esfuerzo mancomunado de sus fieles a través de una rifa anual, una herramienta fundamental para sostener los trabajos. Según explicó el Padre Pickelny, este año la iniciativa comenzó en marzo y tiene su cierre previsto para el 19 de junio. «Organizamos siempre una sola rifa al año. Los últimos 3 años lo hemos hecho con muy buenos resultados porque en realidad lo único no es lo único que perseguimos el recaudar fondos, sino también el dar a conocer la obra y generar una movida también en las redes», señaló el sacerdote.
El avance de las obras es tangible y genera entusiasmo entre los peregrinos que llegan desde todos los rincones de la Argentina. Recientemente, se ha logrado un paso significativo: la finalización del techo de la nave central, una etapa considerada crítica y de gran carga simbólica por ser una de las deudas pendientes más importantes de la fase gruesa. No obstante, el trabajo que resta es todavía inmenso. El Padre Germán detalló que el foco ahora se traslada a la parte más alta de la estructura: «Puntualmente lo que queda por hacer de lo grueso es la cúpula, el techo de la cúpula y la bóveda de la cúpula y el campanil, que esas son como las dos o tres obras grandes que nos quedan para terminar el grueso». Además de estos elementos estructurales, se ha iniciado la canalización de audio y sonido, y se trabaja en el revoque y la renovación de membranas en las alas laterales del edificio.
Para el párroco, la lentitud de la obra no es un defecto, sino una característica que le otorga un valor espiritual único. Al no contar con un gran sponsor corporativo o financiamiento masivo inmediato, cada avance depende de la limosna y la contribución directa de los devotos. Esta modalidad participativa asegura que la comunidad sienta el templo como algo propio. «La construcción del templo es en el fondo y principalmente la construcción de la comunidad. Las dos cosas tienen que ir en paralelo», afirmó Pickelny, subrayando que el desafío mayor no es solo levantar paredes, sino hacer que los fieles y los habitantes de Bermejo se sientan parte de una gran familia.
Bermejo se ha consolidado como un polo de turismo religioso nacional de tal magnitud que ha provocado un fenómeno migratorio inverso. Personas de Córdoba y Buenos Aires, buscando escapar del ritmo frenético de las grandes ciudades, han decidido radicarse en este rincón del desierto sanjuanino. El sacerdote observa con asombro cómo estos nuevos habitantes encuentran en el silencio y la naturaleza de Bermejo lo que no hallaron en la urbe. «El templo es la casa, el lugar de acogida, de silencio. Mucha gente busca el silencio también y el templo quiere ser una respuesta a eso», reflexionó el párroco.
Sin embargo, la modernidad también llega a Bermejo, trayendo consigo nuevas tensiones. La instalación de sistemas de internet como Starlink hace dos años ha facilitado la gestión, pero ha alterado ese silencio tan buscado. El Padre Pickelny recuerda con cierta nostalgia cuando la desconexión era total y el silencio en las misas era absoluto, algo que ahora se ve interrumpido por el sonido de los celulares, al igual que en cualquier iglesia urbana. A pesar de esto, reconoce que el progreso tecnológico era inevitable y necesario para la misión del santuario.
En cuanto al tiempo restante para ver el templo finalizado, el sacerdote prefiere la cautela, especialmente dada la incertidumbre económica y la inflación que afecta al país, lo que hace imposible establecer un presupuesto final fijo. Ante las dudas de algunos sobre la necesidad de realizar constantes rifas o pedidos de donaciones, el Padre es tajante al explicar que se trata de un esfuerzo sostenido en el tiempo y que todavía falta un largo trecho. «No estamos lejos, no estamos cerca de terminar ni por casualidad. Yo siempre que me preguntan la fecha digo depende cuánto recibamos de donaciones, pero por lo menos dos o tres o cuatro años más, o sea, es así lenta la cosa», admitió.
La paciencia, según el párroco, es una virtud intrínseca a la fe. Mientras los camiones siguen llegando los lunes y viernes para mitigar la sed de un pueblo que lucha contra el clima, el Templo de San Expedito sigue creciendo piedra a piedra. Es una obra que no solo busca ofrecer un espacio digno de oración a los miles de peregrinos que visitan la localidad desde hace décadas, sino también consolidar a Bermejo como un lugar de paz y encuentro familiar en medio de las dificultades. Como concluye el propio sacerdote, la espera y el esfuerzo valen la pena cuando el objetivo es levantar una «casa» que represente la identidad y el sacrificio de todo un pueblo.
fuente: diario zonda